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viernes, 16 de noviembre de 2012

Cuando el otro es agresor


Hay relaciones  en la familia, el trabajo o la comunidad que producen bienestar porque nos enriquecen,  nos hacen más humanos, alegran y dan sentido a nuestro  paso por este mundo. Son relaciones que establecemos con personas llenas de dones,  personas  optimistas, solidarias, tolerantes… con las cuales  es fácil comunicarse o tener sintonía; incluso son personas  con las que podemos entrar en franca comunicación  aún siendo diferentes, pues la diferencia no supone conflicto, aislamiento o rechazo; en todo caso, si se produce el conflicto hay capacidad de trascender y continuar con la relación fortalecida. 

Pero no siempre en la vida nos encontramos con ese tipo de personas y no siempre son relaciones de crecimiento las que se pueden establecer con todos y todas. Hay “otros” y “otras” que son agresores, cuyo estilo de relación con los demás es violento y generador de violencia. El agresor puede serlo de distinto modo: con el uso del lenguaje irónico o soez, la descalificación del otro, el enjuiciamiento, el uso de la etiqueta para acosar o hasta el maltrato físico. Estas personas están en las familias, la escuela, el trabajo, y la comunidad en general.  Las podemos tener de todas las edades, pues es un patrón de conducta y comunicación que se puede ir asumiendo desde temprana edad hasta  afianzarse en la adultez.

Aunque creemos en la tolerancia y el respeto al otro como principio que debe orientar nuestro estilo de relación con los demás, esto no significa que debemos aceptar y “aguantar” que el otro sobrepase sus límites y agreda bien sea psicológica, moral o físicamente.  Las parejas, los hermanos, vecinos, compañeros de trabajo o ciudadanos estamos llamados a vivir fraternalmente,  a alimentar el amor, la amistad y compromiso por el bienestar  de todos, y eso supone rechazar el abuso del otro, cuando este es agresor o manifiesta comportamientos agresivos.

He visto y escuchado historias, algunas de ellas plasmadas en autobiografías que dan cuenta de cómo sus protagonistas  han sido víctimas de relaciones  marcadas por la violencia, he visto especialmente  como muchas mujeres han mantenido calladas una dominación perpetua con respecto a sus parejas, por un particular modo de entender lo que es la tolerancia o lo que es el amor.

Ciertamente, toda persona necesita de comprensión. Ante un “otro” que agrede, lo primero  es entender por que actúa como actúa, de dónde nace su reacción, su ironía, su violencia, esto nos permite comprender que probablemente la persona ha sido víctima de agresiones en su propia historia de vida, tiene heridas no sanas que afloran inconscientemente en sus actitudes,   por tanto, ante ello, no podemos colocarnos en situación de ataque a la persona, seguramente ella misma sentirá rechazo de sus propias reacciones, o no comprenderá por que las asume y mucho menos cómo encausarlas. Necesitamos rechazar la acción violenta, no a la persona en si misma. Para ello también es importante lograr ver sus dones, sus cualidades y que la persona también pueda reconocerlas.

Pero la comprensión no basta, un segundo paso es ayudar al otro para acompañarle  a concienciar su actitud y la incidencia que la misma tiene en los demás; una vez más para ello es fundamental el diálogo sincero y respetuoso. Mal  podríamos ante un insulto responder del mismo modo, pues esto es justamente lo que el otro espera para seguir su escalada de maltrato. Es necesario sobreponernos a la reacción primaria para trascender y ubicar la actitud del otro. Esta ayuda también puede implicar la búsqueda de orientación profesional, en el campo espiritual, psicológico o de salud, pues muchas veces se necesitan herramientas más amplias de ayuda, que sobrepasan nuestra posibilidad. Cuesta mucho aceptar que esto es necesario, supondría aceptar que “solo no puedo” y, en un falso imaginario, aceptar que “estoy enfermo o loco”. Por ello, el desenlace de relaciones con agresores sería ideal si quien agrede cae en cuenta de su actitud y de lo que genera su estado para proponerse  la enmienda; si quien necesitando la ayuda la acepta y la sigue; pero lamentablemente, muchas veces no es esto lo que ocurre.

Si reiteradas veces un marido agrede, un compañero insulta, un hermano enjuicia, un jefe acosa,  o una madre golpea; si reiteradas veces el círculo agresión, arrepentimiento, perdón, agresión se repite manteniendo a la víctima en situación de maltrato, o el abuso de poder se sostiene; entonces  ya no basta el diálogo, ya no basta la orientación, hay que transitar el camino del derecho, de la defensa legal con la intervención de un árbitro. A veces nos sentimos reacios a considerar este elemento, especialmente quienes creemos que “el amor todo lo puede”, pero hay situaciones en las que se hace necesario ayudar a crear las condiciones para evitar que quienes no han descubierto el amor, mientras lo hacen, no tengan armas para anular moral, afectiva o físicamente a los demás.

Ante relaciones absolutamente insanas, que nos producen malestar espiritual , físico y moral, cuando la esperanza de cambio se extravía, lo mejor es la distancia. Hay distancias que salvan relaciones, distancias que mantienen vivas a las personas, es una manera de autoprotegerse del agresor, por ello, si la distancia ayuda,  es mejor darle la bienvenida.

Cuando el otro es agresor: comprendamos su violencia, ayudemos a sanar, resaltemos lo positivo, los dones que seguramente tiene,  sigamos tratándolo como a un hermano, para los cristianos eso sería poner  la otra mejilla; pero aprendamos a protegernos y defendernos, cuando ese otro, reiteradamente lastima, eso también es de cristianos.

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