¡BIENVENIDOS (AS)!

Educar en valores es una tarea trascendente y urgente. Este espacio quiere ser una pequeña
ventana abierta para aportar en este
camino extenso y difícil.
Mantengamos encendida esta llamita porque, junto a otras,
podemos hacer fogata.

martes, 19 de mayo de 2015

San Vicente… donde acaba el asfalto.



Hace pocos días fue el operativo policial en San Vicente, un sector de la ciudad de Maracay, donde, no por casualidad,  Fe y Alegría se ha hecho presente desde hace algunos años a través de sus escuelas y programas. La presencia en San Vicente es una expresión de esa convicción de que Fe Y Alegría debe estar  “donde acaba el asfalto” como decía nuestro fundador el Padre Vélaz.
Diversas noticias leímos con asombro sobre los hechos ocurridos en la comunidad de San Vicente. Hoy seguimos escuchando con indignación voces de gente nuestra que nos cuenta: “Fueron alrededor de 2 mil efectivos de la guardia y las policías… imaginen ¡2 mil efectivos! Llegaron a las 3 de la mañana allanando todas las casas…”. La gente de la comunidad cuenta cómo les golpearon, maltrataron, derribaron puertas y se llevaron maridos, hijos, hermanos… además de celulares y dinero. Los muertos fueron más de 20, aunque la prensa sólo reseñó 3, los detenidos cerca de 800.
Caminamos sobre escombros. Lo ocurrido en San Vicente denota el nivel de deterioro que estamos viviendo en el país:
·         A la vista de todos queda la incapacidad de los cuerpos de seguridad del estado de mantener la paz y seguridad en el día a día, ¿necesitan operativos eventuales de esta naturaleza para combatir la violencia, inseguridad, extorsión?, ¿Cuántas vidas cobraron, cuántos maltratos y violación de derechos realizados con la bandera de la paz? ¿Por qué no hacen el trabajo que la gente les pide a diario?
·         Queda claro el nivel de corrupción que se ha anidado en esos mismos cuerpos de seguridad capaces de robar el poco dinero y pertenencias de gente humilde, efectivos  capaces de golpear a inocentes para después “averiguar” quiénes son los responsables de delitos, ¿qué confianza puede haber sobre una institución cuyos personal actúa de esta manera, qué los diferencia de los delincuentes?
·         Una vez más vemos  el poder de mafias que se asumen como organizaciones que brindan “paz” a cambio de vacunas y extorsiones, una absoluta desviación de los medios para alcanzar fines; esa “paz” es absolutamente ficticia, hueca. Es asombroso ver cómo la gente se considera “más segura” en manos de esas mafias y sus pranes, muchos de ellos operando desde las cárceles. ¿Quién es el verdadero responsable de esto?
·         Los terribles aplausos de gente que pide más muertes, que le parece bien que se asesine al culpable a través de métodos como el que vimos, denota una actitud anarca y vacía de valores. Una apreciación de fondo además, sumamente discriminatoria: “En los barrios están los delincuentes”. Se justifican ajusticiamientos, procedimientos que nada tienen que ver con la democracia, con el respeto al debido proceso y los derechos humanos. El policía que mata a un presunto delincuente se convierte en asesino, y sabemos que esto ocurre, y que muchas veces, se mata a inocentes porque su verdugo se “equivocó”. Esa violencia trae más violencia.
·      Vemos cómo la verdad oficial es solo eso, “oficial”;  con su contrapartida, la verdad en muchos medios privados, es también “privada” de diversas miradas. A los venezolanos nos sigue tocando la tarea de buscar la verdad en la calle, en los diversos lugares donde haya un informante, volvernos escucha de la palabra de quien no tendrá voz para los medios encarcelados por los intereses de sus dueños, privados u oficiales.
No queremos mafias, tampoco policías corruptos, y mucho menos a unos apoyados por otros. Queremos que se construya la paz con un estado y policías que contribuyan con honestidad a hacer posible una vida digna. La construcción de paz es responsabilidad de todos, porque cada uno, desde donde está, tiene un papel que cumplir orientado por valores humanos firmes; pero es una responsabilidad irrenunciable del Estado, cuyos errores cometidos  costará el futuro de todos, si instaura la violencia en la calle como mecanismo para alcanzar paz o, si simplemente, se queda de brazos cruzados mientras nos matan o extorsionan.


En medio de todo esto la esperanza vuela, aquí se hizo presente, una vez más, en lo sencillo: “…No había transporte público y ninguna escuela abrió sus puerta, sólo los de Fe y Alegría estaban allí, con el personal completico y  30 niños de distintos grados”.

miércoles, 15 de abril de 2015

Eduardo Galeano en las venas de América Latina


Se nos fue Eduardo Galeano. Generaciones completas “descubrimos” América de la mano de su pensamiento crítico. Recuerdo que cuando leí uno de sus más famosos libros “Las venas Abiertas de América Latina” no fue la exactitud en el uso de los conceptos de las ciencias  económicas y sociales lo que percibí en aquella aproximación a su modo de entender la historia de este continente. Lo que quedó sembrado en la experiencia de encuentro con sus letras fue el  amor profundo por los pueblos originarios y por la Patria Grande presa de las colonizaciones que intervinieron este suelo a lo largo de los siglos. No volvimos a pensar igual  después de ideas que removieron nuestros pies para ubicarnos en otro ángulo de análisis de la realidad en una época de gran efervescencia revolucionaria.

El deseo de recuperación de la historia no oficial estaba allí plasmado, en palabras inyectadas de pasión, como ha sido su discurso incendiario de conciencias. Galeano nos enseñó algo más profundo y dramático que un concepto, enseñó  la riqueza de una sensibilidad volcada a la comprensión del otro distinto, de lo que somos y vivimos en este continente. Con él abrimos las páginas de las  historias de los vencidos para entender el terror y el heroísmo, la muerte y la vida, la esclavitud y la libertad desde los ojos de Moctezuma en México en plena conquista, o de Túpac Amaru en Perú en su resistencia al poder colonial o  del uruguayo Artigas en la lucha contra grandes terratenientes y comerciantes. ¿Ideologización en lugar de historiografía?¿Literatura en lugar de conocimiento científico? Son juicios que poco importan ahora. Importa que aportó en la comprensión de lo que somos. ¿Acaso hay alguna interpretación que escape de la ideología? ¿Acaso la literatura no es un modo de resucitar, de inyectar vida en la aproximación a los hechos? ¿Acaso hay alguna historia con verdades absolutas?

Galeano nos reveló a los “nadie”: “los hijos de nadie, los dueños de nada/ los ninguno, los ninguneados… que no son, aunque sean/ que no  hablan idiomas, sino dialectos/ que no hacen arte, sino artesanía/ que no practican cultura, sino folklore…”. Esos “nadie”  mutilados una y otra vez en este mundo patas arriba que los poderes  constituidos de fuera (y de dentro) han creado. Galeano nos ayudó a comprender más allá de las fronteras propias las razones de la explotación, a develar matrices de colonialismo escondidas en la cultura. Galeano enseñó el sentido de la utopía desde un realismo infinito, sus palabras andantes ayudaron a mantenernos en camino del lado de la esperanza de otro mundo posible. Galeano enseñó coraje para revelarse, para pronunciar con fuerza la palabra propia. Alentó la rebeldía en la historia de la izquierda latinoamericana que se la jugó entre dictaduras; otra cosa es que, parte de esa izquierda, en el presente, no le haga honor a sus luchas.


Mucha tela se ha cortado desde la influencia del pensamiento de Galeano, otros análisis se han planteado para explicar los mismos hechos; pero la situación de sujeción de América Latina de fondo  permanece. No somos territorio liberado, las democracias tienen un largo trecho que recorrer para forjar justicia y equidad, tienen un gran alerta para no perder la libertad que tanto costó conquistar, continuamos ninguneando gente, culturas, géneros, ideales. Por ello seguirá vigente el enfoque de reflexión crítica sobre lo que vivimos, continuará con sentido el punto de vista que intenta encontrar la voz del indignado. Por eso Galeano seguirá vivo, aunque la utopia llore su partida física, estará en sus memorias del fuego, permanecerá en las venas abiertas de América Latina. 

lunes, 6 de abril de 2015

AÑORANZA DE FUTURO


El sentimiento de  añoranza se apodera de muchos venezolanos ante la crisis cada vez más virulenta que vivimos. No es para menos, pues pasar horas en largas colas para conseguir un producto regulado, no encontrar repuestos para los autos, vivir fuertes enfrentamientos y descalificaciones por la posición política, entre otras muchas cosas que experimentamos en el día a día, conduce a una profunda nostalgia al recordar cómo era Venezuela. No sin razón se añora anaqueles llenos, medicinas en las farmacias o la posibilidad de estar en la calle sin temor.

La añoranza  con su mezcla de recuerdo y tristeza está, y vale el derecho a sentirla, especialmente porque el  sentimiento impulsa a ver aquello que ayudó a vivir mejor y que hoy constatamos en retroceso o ausente. Pero la añoranza como expresión de ensalzamiento del pasado constituye un freno para la construcción de la Venezuela distinta que necesitamos todos (as); puede ser dañina si la asumimos como sentimiento y actitud que rige nuestra posición ante la crisis, si de fondo vemos al pasado con ojos acríticos, como una especie de edén idílico que fue, desterrando de la memoria los signos de crisis que ya padecían sectores de la población venezolana en los años anteriores al chavismo.

Porque una cosa es querer ver lo bueno aprendiendo del pasado para mejorar, y otra es considerar que todo fue bueno (con su contrapartida: todo es malo en el presente). Afirmar que en el pasado todos los venezolanos (as) éramos hermanos, no había diferencias, se respetaba al que pensara políticamente distinto, vivíamos en unión y en riqueza… es una clara expresión de una especie de pérdida de memoria; si eso hubiese sido así, en el 89 el caracazo jamás hubiese existido, o la intentona de golpe o rebelión militar del 4 de febrero del 92 no hubiese dado lugar, más tarde, al voto masivo de venezolanos(as) a favor de Hugo Rafael Chávez Frías porque vieron en él una esperanza para Venezuela. Es verdad, habían anaqueles llenos, y podías comprar la marca que quisieras, las cantidades que quisieras… pero eso lo podían hacer quienes tenían posibilidades en un país, en el que, entre otras  cosas, el consumismo de unos era increíblemente grosero; se nos olvida que las mayorías pobres estaban invisibles para los ojos de muchos; que los hospitales estaban en crisis o los militantes de izquierda también sufrieron persecución política. No era una Venezuela de hermanos, como tampoco lo es ahora, porque en el fondo los grandes problemas de ayer siguen estando ahí en estado crónico, empeorando.


Querer al pasado de vuelta es perderse entre las inequidades que ya existían, en una idealización producto de un presente crítico. Por ello, la añoranza en Venezuela debería volar más alto, debería colocar su rostro al futuro, alimentarse de la justicia, equidad, fraternidad, libertad, bienestar que no hubo en el pasado y que ahora tampoco tenemos. Alimentarse también de las lecciones del pasado y del presente, de políticas, acciones, ideas de impacto positivo para construir otra Venezuela. Necesitamos reinventar nuevas rutas, modelos, estrategias, ilusiones que nos permitan seguir apostando por una vida de bienestar para todos. Necesitamos la añoranza de lo que aún no hemos tenido.

viernes, 13 de marzo de 2015

Soy Militante de la Educación Popular


Tenía 24 años cuando comencé a trabajar en Fe y Alegría. Recién salía de la Universidad del Zulia, feliz,  con mi título de Licenciada en Educación mención Ciencias Sociales, dispuesta a trabajar en lo que soñaba: en Educación Básica (como se llamaba en ese tiempo), pero además, en Fe y Alegría, porque gracias a los jesuitas, ya me había enamorado de este movimiento antes de pertenecer a él.Así que concursé y salí seleccionada para dar clases como profesora por horas en una escuela en un barrio ubicado al sur de Maracaibo.Jamás olvidaré mi inicio en la docencia. Era marzo del 89; marzo, no septiembre(mes en que comienza el año escolar). Sabía que entraba en una escuela con una situación difícil, pues, ya me habían explicado: la escuela recién atravesaba un fuerte conflicto que terminó en  la suspensión definitiva de algunos educadores, de modo que el ambiente era de mucha tensión.

Conocí la escuela. Recuerdo que me llamó la atención la disposición de las instalaciones, con sus salones separados como pequeñas salas rodeadas de verde de los árboles que le regalaban agradable sombra, con sus mesas y sillas provocando el equipo, con buena parte de sus paredes abiertas a la vida, a la naturaleza. Eran salas modestas y dignas, sin duda detrás de ese modo de disponer el espacio,  había una idea pedagógica; desde entonces la escuela me encantó.

El primer día de clases entré  al salón de 7mo grado,  los(as) muchachitos (as) me esperaban llenos de malestar sentados en sus sillas, nunca pensé que en lugar de alegría iba a encontrar enojo en mi primer día como profesora, había rabia en sus miradas de 12 y 13 años. No sé en cuál instante, antes de que yo emitiera algún sonido,los estudiantes comenzaron a darle golpes a las mesas en señal de protesta por la ausencia de su profesora anterior, gritaban consignas y hacían un ruido estruendoso que duró pocos minutos, pero que a mí  me parecieron horas eternas. Recuerdo que ese día entendí el significado de la palabra improvisación, nada, absolutamente nada de lo que había pensado y programado me servía en ese momento, ni siquiera una solita clase recibida en la universidad.  De algún modo, me aferre a la palabra como medio para dar paz a esos niños y niñas que aún estaban viviendo el revuelo de lo que significó ese conflicto. Entonces escribí en el pizarrón “Me llamo Beatriz García” y les pregunté ¿puedo hablar? Poco a poco fueron haciendo silencio, entonces les dije “Entiendo por lo que están pasando, no conocí a su profesora, se que hubo un problema,  pero no se mucho, alguien desea contarme…” Así, sin saber o sabiendo muy poco, comencé a vivir lo que significaba el diálogo cultural en educación popular, esto lo entendí años después, años que implicaron pasar de una empatía por el movimiento, a un convencimiento en cuerpo y alma, del sentido de la educación popular y de la opción, que se hizo personal, por los niños, niñas y jóvenes de los sectores populares.

El tiempo pasó, y con él puedo ver que Fe y Alegría ha vivido muchas cosas; incluso el conflicto ha formado parte de esta historia. Muchos podemos pensar (como yo al inicio) que en Fe y Alegría no hay problemas, los conflictos no existen o es fácil ser un buen docente o directivo en un centro de Fe y Alegría, pero no es así. Fe y Alegría ha crecido y ha salido adelante viviendo situaciones difíciles con el personal, con la situación económica, sin tener cómo pagar a sus docentes en una larga época de absoluta inestabilidad económica, en relaciones con el estado que no siempre han sido alentadoras,  situaciones difíciles con las familias, las comunidades y estudiantes que viven la violencia y la pobreza dentro y fuera de sus casas… Pero en medio de todo ello, el espíritu de amor y entrega por los muchachos que merecen una educación de calidad ha estado presente y ha permitido trascender a las dificultades. Seguramente hemos cometido errores porque somos humanos y ellos no están ajenos a nuestra condición, pero sin duda también hemos aprendido de esos errores y los llevamos en nuestro morral como equipaje de camino.

Años después, me encontré en un centro comercial con uno de aquellos primeros estudiantes que tuve, lo vi acercarse y su rostro me pareció conocido:
-          Usted se llama Beatriz.
-          Si … yo te conozco!
-          ¡Claro!!, ¡Usted fue mi profesora de Historia en la escuela Nueva Venezuela de Fe y Alegría…!

Tampoco podré olvidar jamás esa emoción compartida en ese instante de encuentro, mucha historia recogida en él. Le doy gracias a Dios por todo ello, porque con Fe y Alegría me hice, porque he sido, soy y seguiré siendo, desde cualquier responsabilidad que me toque, educadora militante de la educación popular.

lunes, 2 de marzo de 2015

60 años después... “O reinventamos o erramos”

Fe y Alegría cumple 60 años. No es poco. A lo largo de estos años se ha forjado un movimiento de personas concretas que nos sentimos  FE Y ALEGRIA porque nuestra vida, como persona, ciudadano (a) y profesional, se ha venido construyendo de la mano de esos tres muchachitos que caminan con el corazón que nos identifica.

Cuando una institución de larga data arriba a estos años, se suele mirar el camino recorrido para celebrar los esfuerzos y la siembra de los formidables frutos que se tienen en el presente. Esto es necesario e importante, pues la identidad bebe el agua de nuestra historia que, como fuente, alimenta lo que hoy somos. Esto es necesario e importante, pero no suficiente.  El “Atrevámonos” de nuestro fundador, el padre José María Vélaz, nos empuja a ir más allá, para celebrar también desde el llamado a releer nuestro contexto,  60 años después, a fin de ver qué está necesitando Venezuela y América Latina en un ahora absolutamente retador.

Una relectura de nuestra opción por los pobres y de la educación popular y promoción social quizá nos lleve a pensar que nuestras nuevas aulas deben estar en las calles, con los niños, niñas, adolescentes y jóvenes que han desertado del sistema educativo, con los muchos de ellos que allí deambulan y que, en América Latina según UNICEF, son cerca de 40 millones; en las calles o las casas de la comunidad,  educando junto con las familias y organizaciones que allí conviven; o en las cárceles con los privados de libertad, víctimas y victimarios de un sistema penitenciario ineficiente, abusivo y corrupto; o quizá en las fronteras, con los  desplazados que padecen condiciones infrahumanas de vida, con nuestras comunidades indígenas, o en las organizaciones de adolescentes y jóvenes que andan buscando un mundo NO escolarizado que les deje encontrarse, emprender y producir.

Necesitamos asumir la educación popular como epistemología crítica presente en las universidades, instituciones, medios de comunicación, organizaciones, empresariado, comunidades, en alianza con ellos, para alimentar la comprensión crítica del contexto desde el lugar de los pobres; comprender la pobreza y la necesidad de transformación profunda;  educar a todos y todas para la acogida y la construcción de una sociedad incluyente, a pesar de las diferencias, para aprender a vernos como sujetos con igual derecho y dignidad. 

Llegar a 60 años para una organización puede ser peligroso para sí misma y su razón de ser. A estas alturas, las estabilidades por las que se luchó en los inicios y que, en buena medida, se han venido alcanzando, aunque todavía falten otras, pueden conducirnos a la parálisis,  comodidad o ausencia de compromiso; junto a la madurez que vamos teniendo puede hacer espacio la burocracia para comerse el estilo modesto y sencillo que  nos ha caracterizado;  el afán por el “control de la calidad” puede ahogar la creatividad y la innovación, privilegiando lo técnico por encima de lo pedagógico, la complejización de tareas que distraen por encima del hacer verdaderamente importante, el  mandato por encima de la decisión democrática.

Necesitamos seguir privilegiando el movimiento más allá de la institución, en sana tensión, engranado, pero en movimiento que, en sí mismo, vive lo que aspira para el país; y para ello, debemos reestructurarnos o reinventarnos, desde un VER amplio y profundamente autocrítico de lo que tenemos hoy dentro y fuera; desde una mirada y escucha  de los nuevos anhelos que van aflorando, las nuevas formas de ser de nuestros niños, niñas, jóvenes y adultos, las nuevas formas de injusticias que viven los pobres, antiguos y nuevos, a quienes nos debemos.


Celebremos nuestros 60 años con Fe y Alegría dando los pasos para seguir esta hermosa historia de transformación por Venezuela. Celebremos, con el compromiso de  seguir reinventándonos y atreviéndonos, esa es la mejor manera de mantener vivo el espíritu fundacional.

miércoles, 31 de julio de 2013

Sobre el sentido de la unidad


“El cuerpo humano aunque está formado por muchos miembros es un solo cuerpo… El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos… si todo fuera un solo miembro no habría cuerpo…Dios arregló el cuerpo de tal manera que los miembros menos estimados reciban más honor, para que no haya desunión en el cuerpo, sino que cada miembro del cuerpo se preocupe por los otros. Si un miembro del cuerpo sufre, todos los demás sufren también; y si un miembro recibe atención especial, todos los demás comparten su alegría”

Esto es parte del Capítulo 12 de Corintios, una hermosísima lectura bíblica que vale la pena leer completa. Recordaba esta lectura porque es una bella manera de comprender la unidad. Cada persona es unidad, aunque confluyan muchos miembros en la conformación de su cuerpo. Cada miembro tiene dones, funciones propias, que se ponen en juego con un propósito supremo: la vida propia; ninguna de ellas produce vida por sí misma.

La unidad del cuerpo es una comparación que San Pablo hace para aproximarnos a lo que es la unidad en la iglesia, muchos miembros la conforman,  inspirados por un mismo Espíritu, unidos por el amor filial de Dios Padre-Madre, para vivir al servicio de la construcción de fraternidad, del amor al prójimo, cada uno aporta desde el don propio dado por Dios y, desde allí, hace parte de la iglesia como un todo. Si bien el contexto de la lectura está dado por el sentido de lo que Dios ha donado, y la comprensión de la iglesia como un solo cuerpo en servicio,  tiene mucho que decirnos a todos, creyentes o no, para comprender el significado de la unidad en otros campos de la vida, incluyendo el político.

La unidad no es un fin en sí mismo, su sentido es alcanzar propósitos que van más allá de ella y son imposibles de conquistar en división. Pero estos propósitos, no pueden ser de cualquier tipo, pues se trata de la vida, del servicio para dar vida, para resolver las situaciones que nos ponen en distancia el bienestar común. Una banda de asesinos o una coalición para declarar una guerra, pueden constituir uniones, pero sus propósitos son destructivos, ¿qué sentido  tiene la unidad para la destrucción, la muerte, la imposición de unos sobre la tragedia de otros? El sentido de la unidad debe estar colocado en los valores, en la defensa y construcción del bienestar que puede producir a todos  esa unión y lo que puede florecer más allá de ella.  La unidad se construye con el aporte diverso de cada uno, desde lo que piensa, siente y hace, desde sus bondades o posibilidades reales. Supone la comprensión del significado del todo, el ajuste de la parte para no destruir el conjunto; es necesario también asegurar el máximo en el servicio de los dones y el caminar de todos hacia el propósito que da sentido a la unión.

En estos días en que la palabra “unidad” ha sido tan nombrada, vuelvo a constatar, una vez más, su profunda ausencia. Es increíble como se pierde su sentido ético, como  el llamado a la unidad es utilizado en el país para mantener hegemonías locales o nacionales. No importa si se pasa por encima de la voluntad de las mayorías, si es absolutamente ineficiente una gestión, si la corrupción carcome la actuación de dirigentes, si las decisiones las toman las cúpulas… lo importante es la unión, pero por el poder que supone o promete. Esta unidad no acepta cuestionamientos, quien se atreva a señalar errores y responsables es excluido, la palabra disidente es sospechosa de traición a la “unidad”.  “O estas conmigo, o contra mi”, frase terrible,  tan criticada por unos, finalmente es procedimiento, solapado o no, de muchos, que limitan la unidad solo a respaldar personas desdibujando los proyectos. Los malos funcionamientos en el interior de la unidad de unos y otros se mantienen,  se ocultan creyendo erróneamente que eso los fortalece. Unidad hueca, miope, pende de un hilo ínfimo enfermo de inmediatez, transitoria; cuando alcanza la raquítica meta, se desmorona para terminar enfrentadas las partes.


Me pregunto si es esta la unidad que necesitamos en Venezuela.  La unidad no puede perder su condición de medio, no puede estar por encima de los fines supremos: la democracia,  la equidad,  la libertad, la justicia, el respeto a la diversidad, la inclusión, el bienestar de todos y todas. Unidad para un proyecto consensuado de país, de comunidad, de sociedad; no para perpetuar poderes o para alcanzarlo y continuar repitiendo patrones destructivos, que promueven desigualdad, división y violencia. El poder, como la unidad, no es un fin en si mismo,  el poder es del pueblo; la unidad, en todo caso se debe a la voluntad de ese pueblo que necesita mejorar su situación socioeconómica, cultural, espiritual, política. Tiene sentido si la resolución de los problemas graves que tenemos está en el horizonte y en el hacer de todos,  para eso no debería haber murallas, aún siendo diferentes, incluso contrarios política o ideológicamente. 

La unidad implica sacrificio, parte de él es deponer intereses propios egoístas, contraer la exaltación de las partes, especialmente las más fuertes, dar paso a todas, especialmente las más débiles; ese sacrificio  tiene como telón de fondo lo que el pueblo espera, no lo que le interesa a quien quiere mantener su hegemonía, económica o política, esté o no en el gobierno. Necesitamos un sentido verdaderamente trascendente a la unidad que se proclama en Venezuela desde diversas esquinas, que nos ayude a ver en el otro un hermano con el que puedo llegar a acuerdos y emprender acciones por el bien de ambos, por el bien de todos.

jueves, 27 de junio de 2013

Repensar la protesta


La situación de las universidades es crítica, a nadie le queda duda y los ciudadanos apoyamos la pronta y justa solución que implica un  acuerdo entre las partes que beneficie a todos. Pero como ciudadana, educadora y madre, quiero hacer un llamado de atención: las luchas reivindicativas, que implican mejoras salariales de personal, no deberían hacerse en detrimento de la atención de los beneficiarios.

Ante un paro de actividades educativas, el afectado es y será el estudiante que no está en el aula cuando debería estarlo, que no podrá ingresar a la universidad cuando debió hacerlo, que no aprendió lo que debía aprender porque a su tiempo para aprender le dimos “materia vista”. El tiempo afectado, es el tiempo del estudiante, esto es así, no solo en este conflicto, sino en otras situaciones, como los periodos de elecciones, por ejemplo ¿Quién piensa en el tiempo del estudiante?, ¿quién presiona para que después del tiempo  de paro o de días perdidos, ese tiempo se reponga?, ¿cuántos días de clases han perdido este año escolar los estudiantes de todos los niveles? ¿Acaso los educadores van a reponerlo para cumplir con el tiempo del estudiante?, ¿Acaso el Ministerio va a exigir el cumplimiento de ese tiempo? La respuesta es clara, ese tiempo NO se repondrá. Una cosa es que el estudiante universitario decida no ir a clases y otra muy distinta es que el educador promueva un paro indefinido, decida no laborar, dejando a un lado al estudiante a quien se debe. Esto a la larga también afecta la universidad en paro, pues el estudiante y su familia pensarán en otras opciones donde su tiempo y futuro no se afecte; antes,  si ese estudiante no tenía recursos para ir a la universidad privada, simplemente no tenía opción, pero hoy la tiene.

Deberíamos pensar en la pedagogía de la protesta, en las estrategias de protesta. En este sentido, me pregunto si la autoflagelación: el dejar de comer, cocerse la boca o causar daños a terceros, maltratar instalaciones… ¿son caminos adecuados para encausar el malestar y buscar soluciones? En lo personal, ni como madre, ni como educadora auparía, promovería o  aceptaría que nuestros hijos (y para un educador un estudiante es como un hijo) laceren su cuerpo. ¿A quiénes o a qué hacen daño? Al muchacho o muchacha que termina en el hospital por la huelga de hambre, ¿quién lo llora más?, ¿quién le devolverá su salud? ¿La defensa de nuestros derechos tiene sentido sobre la base de nuestra autodestrucción?

Todos tenemos derecho legítimo a protestar, y ante el atropello, todo ciudadano está obligado a hacerlo, pero sería bueno repensar los términos. Los estudiantes han sido, son y seguirán siendo admirables por el espíritu de sacrificio y lucha, pero creo que debemos mantener una ética del cuidado de nosotros mismos y de los demás. Toda crisis, todo descontento tiene que encausarse con el diálogo, el gobierno tiene una alta responsabilidad en lograr el diálogo y acuerdo. En las condiciones políticas que vivimos en Venezuela, las universidades también deben cuidar no perder de vista su lucha,  no caer en el juego de los que quieren mantener en conflicto el país, a quienes el diálogo no es su opción y por ende tampoco les importa que otros expongan su “pellejo”. 

Soy de la generación que comenzó a trabajar en Fe y Alegría faltando poco para nacer el convenio AVEC-Ministerio de Educación, con este convenio se dio inicio a una historia diferente para los trabajadores de la institución y de numerosos colegios católicos que nunca tuvieron asegurado su sueldo y que se mantuvieron en situación,  muchas veces de penuria, a causa de los retrasos en los pagos de sueldos y salarios.
Recuerdo que  mis compañeros contaban cómo, a pesar de su trabajo  diario, se encontraban con que no tenían absolutamente nada en sus despensas (en un país donde no había desabastecimiento en los supermercados), y en la nevera solo guardaban botellones de agua porque con las quincenas o los últimos de mes, el pago, por vía del subsidio que el gobierno otorgaba, simplemente no llegaba. Hablo de educadores, personal obrero y administrativo que vivieron en absoluta  inseguridad laboral. Por supuesto, esta situación generó malestar, inconformidad y conflicto en muchas ocasiones. Colegios, familias y comunidades, se mantuvieron en lucha por conquistar un trato justo por parte del Estado,  por obtener la homologación con respecto a los trabajadores del sector público, pues no solo era un problema de pago, sino de derechos y beneficios laborales.

Fe y Alegría y AVEC lograron el convenido con el Estado y los trabajadores comenzaron a tener su sueldo a tiempo y homologado, esto último con reservas. Hay algo que quiero subrayar en esta experiencia: la meta de ese momento se alcanzó sin daños ni perjuicios a los estudiantes, ni a sus familias, ni a las comunidades a quienes se debía la labor educativa. Fe y Alegría y otros colegios católicos estuvieron en las calles, pero no pararon sus clases, no paralizaron su trabajo; mucho menos de manera indefinida, esto era simplemente impensable. Hoy se siguen presentando dificultades relacionadas con la situación laboral, por retrasos en la firma del convenio y el no cumplimiento a tiempo de los compromisos, pero dejar a los estudiantes sin clases como medida de presión para obtener soluciones,  no ha sido y no es una opción.

Hago la referencia a Fe y Alegría y AVEC solo con el ánimo de ver la experiencia vivida por otras organizaciones que también han pasado (y pasan) situaciones de conflicto, con problemáticas salariales y de desatención, tan dramáticas como las que hoy vive la universidad. Creo en la lucha reivindicativa, en la protesta de los educadores y de los estudiantes, pero creo también que podemos hacerlo SIN afectar al lado más indefenso y vulnerable: los estudiantes. Ellos son jardín de nuestra alegría, y un jardín se protege, se cuida.