Venezuela está secuestrada. Primero por un gobierno que nunca esclareció el triunfo que se atribuyó en las elecciones de julio 2024. Un gobierno responsable de violaciones de derechos humanos y del éxodo de alrededor de 8 millones de venezolanos y venezolanas que partieron por el mundo porque no aguantaron más los embates de una crisis provocada por sus políticas y también agravada por el asedio y sanciones políticas y económicas externas.
Ahora además, el país está secuestrado
por una potencia extranjera que invadió violentamente el territorio venezolano
y capturó, no sólo al presidente y su esposa, sino al gobierno en pleno, manteniéndolo
bajo coerción para que “se porte bien” y le garantice la expropiación del
petróleo de la nación. Con el pretexto de la batalla contra el narcotráfico,
Trump viola la soberanía del país y se autoproclama presidente de Venezuela, con el gobierno madurista como su vasallo. Ni siquiera la oposición, que pidió y promovió la intervención, tenía idea de este escenario.
Es inverosímil la violación del derecho internacional de una potencia a la que nada le interesa el bienestar del pueblo venezolano, ni la democracia. En su propia narrativa, Trump no oculta su interés económico, ni su ambición de poder y control geopolítico sobre la región y el mundo. Estamos presenciando la imposición de una nueva colonización, esto ya no es acecho, es una realidad. Nos están convirtiendo en esclavos mientras se celebra ver a Maduro tras las rejas.
No es un secreto que Venezuela
mantiene relaciones con Cuba, China y Rusia, pero no puede equipararse ese
vínculo con una violación de la soberanía. Muchos están repitiendo el discurso que identifica este momento como
una etapa de transición, pero lo cierto es que no tiene fecha,
ni límites, se ha hecho sin convocatoria a la oposición y tampoco se habla de
elecciones; esa transición depende de la “moral” de un presidente “amoral”.
Estamos tan desesperados y desesperadas por un cambio en Venezuela, que llegamos a creer a ciegas. En lo personal, estoy convencida que ni siquiera eventuales
mejoras económicas pueden alentar ese tipo de fe, al menos cuando se trata
de política y lucha de intereses.
A este punto hemos llegado, lamentablemente, no con pocos responsables. Es necesario hacernos cargo de los errores sobre todo si queremos encontrar alternativas de futuro. Aquí estamos gracias a la enfermedad llamada "Antidiálogo". Gobierno y oposición la han padecido y promovido. “Hasta el final” se mantuvieron en sus posiciones irreconciliables, en sus afanes de poder y liderazgo provocando una polarización brutal que ha anulado la posibilidad de un cambio que sirviese para todos y todas.
También podemos mirarnos y asumir nuestra propia responsabilidad. Quizá sea tiempo para un acto de honestidad
personal, de discernimiento profundo que nos permita tender manos y abrir el corazón
y conciencia por el país, allá donde estemos para volcarnos al encuentro, no
solo con quien piensa igual, porque eso es fácil, sino con quien piensa distinto.
No puedo dejar de hacer la pregunta
sobre los organismos internacionales y gobiernos. Asalta la duda sobre si la
diplomacia, tal como se ejerce, conduce a un estado de inacción. Hemos palpado
esa inacción, la hemos observado ante otras crisis que han azotado y masacrado
a pueblos enteros, como el caso de Gaza. Somos testigos de que no es suficiente
hacer declaraciones, acusaciones o llamamientos para buscar la paz o la
justicia porque los horrores siguen allí, intactos, a pesar de que existan esas
declaraciones que los poderosos no escuchan. Es necesario repensar como sostener
la paz y la justicia en medio de este mundo convulsionado donde las potencias se disputan territorios, beneficios y poder, y pareciera que las
instituciones creadas para garantizar un mínimo de convivencia ya no responden
al contexto. Tal parece que es urgente replantear la ONU, entre otros organismos internacionales, las instituciones democráticas e incluso las
A poco más de una semana del
ataque de Estados Unidos a Venezuela, se mantienen grandes incertidumbres sobre
lo que va ocurriendo y lo que puede ocurrir no sólo en Venezuela, sino también
en la región y el mundo. Ni en el primer momento, ni ahora puedo sentir
alegría. No puedo alegrarme al ver bombas estallar en suelo venezolano, mucho
menos al saber las pérdidas de vidas que esto ha supuesto. No me hago eco de la
desestimación del “daño colateral” mucho menos si yo estoy fuera y otros son
quienes lo sufren. No puedo promover ni desestimar ese daño ni para mi país, ni para otras
naciones. No puedo alegrarme del “juego” de Trump a la autoproclamación como
presidente de un país del que se apodera porque es vulnerable. Espero que la
lucha del propio pueblo estadounidense pueda ayudar a parar esta locura.
Sin embargo, a pesar de la
oscuridad de estos tiempos, sigo siendo persona de esperanza. Hemos visto cómo
pueblos se han levantado desde las cenizas luego de crisis gigantescas. Creo
firmemente que esta puede ser una nueva oportunidad para repensar el cambio en
Venezuela, desde la concurrencia de toda la ciudadanía, para el
bienestar común en justicia, libertad, equidad y paz. Esta puede ser
una oportunidad para impulsar el diálogo y los consensos necesarios para
caminar en una dirección que nos construya. Ojalá sepan escuchar este clamor
quienes tienen cuotas de poder, quienes tienen o asumen liderazgos, de un lado
y de otro, para encontrar en esta encrucijada los pasos que unan un pueblo
profundamente dividido. Ojalá seamos más quienes redoblemos una esperanza
activa y soberana que atice el sueño de país desde el lugar que nos toca, desde
el lugar donde nos encontremos.
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