¡BIENVENIDOS (AS)!

Educar en valores es una tarea trascendente y urgente. Este espacio quiere ser una pequeña
ventana abierta para aportar en este
camino extenso y difícil.
Mantengamos encendida esta llamita porque, junto a otras,
podemos hacer fogata.

martes, 13 de enero de 2026

Redoble de esperanza


Venezuela está secuestrada. Primero por un gobierno que nunca esclareció el triunfo que se atribuyó en las elecciones de julio 2024. Un gobierno responsable de violaciones de derechos humanos y del éxodo de alrededor de 8 millones de venezolanos y venezolanas que partieron por el mundo porque no aguantaron más los embates de una crisis provocada por sus políticas y también agravada por el asedio y sanciones políticas y económicas externas.

Ahora además, el país está secuestrado por una potencia extranjera que invadió violentamente el territorio venezolano y capturó, no sólo al presidente y su esposa, sino al gobierno en pleno, manteniéndolo bajo coerción para que “se porte bien” y le garantice la expropiación del petróleo de la nación. Con el pretexto de la batalla contra el narcotráfico, Trump viola la soberanía del país y se autoproclama presidente de Venezuela, con el gobierno madurista como su vasallo. Ni siquiera la oposición, que pidió y promovió la intervención, tenía idea de este escenario.

Es inverosímil la violación del derecho internacional de una potencia a la que nada le interesa el bienestar del pueblo venezolano, ni la democracia. En su propia narrativa, Trump no oculta su interés económico, ni su ambición de poder y control geopolítico sobre la región y el mundo. Estamos presenciando la imposición de una nueva colonización, esto ya no es acecho, es una realidad. Nos están convirtiendo en esclavos mientras se celebra ver a Maduro tras las rejas.

No es un secreto que Venezuela mantiene relaciones con Cuba, China y Rusia, pero no puede equipararse ese vínculo con una violación de la soberanía. Muchos están repitiendo el discurso que identifica este momento como una etapa de transición, pero lo cierto es que no tiene fecha, ni límites, se ha hecho sin convocatoria a la oposición y tampoco se habla de elecciones; esa transición depende de la “moral” de un presidente “amoral”. Estamos tan desesperados y desesperadas por un cambio en Venezuela, que llegamos a creer a ciegas. En lo personal, estoy convencida que ni siquiera eventuales mejoras económicas pueden alentar ese tipo de fe, al menos cuando se trata de política y lucha de intereses.

A este punto hemos llegado, lamentablemente, no con pocos responsables. Es necesario hacernos cargo de los errores sobre todo si queremos encontrar alternativas de futuro. Aquí estamos gracias a la enfermedad llamada "Antidiálogo". Gobierno y oposición la han padecido y promovido.  “Hasta el final” se mantuvieron en sus posiciones irreconciliables, en sus afanes de poder y liderazgo provocando una polarización brutal que ha anulado la posibilidad de un cambio que sirviese para todos y todas. 

También podemos mirarnos y asumir nuestra propia responsabilidad. Quizá sea tiempo para un acto de honestidad personal, de discernimiento profundo que nos permita tender manos y abrir el corazón y conciencia por el país, allá donde estemos para volcarnos al encuentro, no solo con quien piensa igual, porque eso es fácil, sino con quien piensa distinto.

No puedo dejar de hacer la pregunta sobre los organismos internacionales y gobiernos. Asalta la duda sobre si la diplomacia, tal como se ejerce, conduce a un estado de inacción. Hemos palpado esa inacción, la hemos observado ante otras crisis que han azotado y masacrado a pueblos enteros, como el caso de Gaza. Somos testigos de que no es suficiente hacer declaraciones, acusaciones o llamamientos para buscar la paz o la justicia porque los horrores siguen allí, intactos, a pesar de que existan esas declaraciones que los poderosos no escuchan. Es necesario repensar como sostener la paz y la justicia en medio de este mundo convulsionado donde las potencias se disputan territorios, beneficios y poder, y pareciera que las instituciones creadas para garantizar un mínimo de convivencia ya no responden al contexto. Tal parece que es urgente replantear la ONU, entre otros organismos internacionales, las instituciones democráticas e incluso las organizaciones sociales no gubernamentales. Ya desde hace rato venimos visualizando el aumento de la falta de credibilidad en las instituciones. ¿Qué papel nos toca jugar a la ciudadanía en todo esto?

A poco más de una semana del ataque de Estados Unidos a Venezuela, se mantienen grandes incertidumbres sobre lo que va ocurriendo y lo que puede ocurrir no sólo en Venezuela, sino también en la región y el mundo. Ni en el primer momento, ni ahora puedo sentir alegría. No puedo alegrarme al ver bombas estallar en suelo venezolano, mucho menos al saber las pérdidas de vidas que esto ha supuesto. No me hago eco de la desestimación del “daño colateral” mucho menos si yo estoy fuera y otros son quienes lo sufren. No puedo promover ni desestimar ese daño ni para mi país, ni para otras naciones. No puedo alegrarme del “juego” de Trump a la autoproclamación como presidente de un país del que se apodera porque es vulnerable. Espero que la lucha del propio pueblo estadounidense pueda ayudar a parar esta locura.

Sin embargo, a pesar de la oscuridad de estos tiempos, sigo siendo persona de esperanza. Hemos visto cómo pueblos se han levantado desde las cenizas luego de crisis gigantescas. Creo firmemente que esta puede ser una nueva oportunidad para repensar el cambio en Venezuela, desde la concurrencia de toda la ciudadanía, para el bienestar común en justicia, libertad, equidad y paz. Esta puede ser una oportunidad para impulsar el diálogo y los consensos necesarios para caminar en una dirección que nos construya. Ojalá sepan escuchar este clamor quienes tienen cuotas de poder, quienes tienen o asumen liderazgos, de un lado y de otro, para encontrar en esta encrucijada los pasos que unan un pueblo profundamente dividido. Ojalá seamos más quienes redoblemos una esperanza activa y soberana que atice el sueño de país desde el lugar que nos toca, desde el lugar donde nos encontremos.

 

domingo, 16 de noviembre de 2025

El diálogo y amor de Freire en una educación que transforma personas y contextos

Tenía 16 años. Terminó su último año del bachillerato en Ciencias con la felicidad que produce una meta alcanzada. Sentía que tenía las herramientas principales para abrirse camino en la vida. ¿La razón? Una de ellas lo fue, sin duda, la experiencia de diálogo formativo, espiritual, emocional y comunitario vivido en su paso por el colegio. Diálogo que emergió del amor de sus educadores (as) por el ejercicio de la profesión docente.

“Diálogo” y “Amor”, ambos constituyen dos pilares de una educación que pretende el desarrollo integral de la persona y la construcción de justicia y equidad en el contexto social. Cuando hablamos de diálogo y amor no lo hacemos desde un romanticismo ingenuo, porque no nos referimos a cualquier diálogo, y tampoco a cualquier amor.

Paulo Freire, pedagogo latinoamericano, padre de la educación liberadora, es muy claro en señalar que la educación constituye una experiencia de relación que transforma; por lo que el diálogo es nuclear en toda práctica educativa auténtica. No existe una verdadera educación liberadora o transformadora de personas y contextos, si no existe un verdadero diálogo entre educadores y educandos mediados por su contexto. Hablamos del acto de educar como experiencia de encuentro interpersonal, de reconocimiento y valoración, de aprendizaje mutuo, de allí que el diálogo, al que hacemos referencia, no trata de un simple acto de hablar y escuchar.

Freire hace una férrea crítica a la educación transmisiva, y señala que el proceso de enseñanza y aprendizaje es, ante todo, un proceso de comunicación, donde educador y educando aprenden y construyen colectivamente conocimiento. El diálogo de Freire es contrario a la manera como se establecen las interacciones comunicativas en esa educación transmisiva, donde se asume al educando como depositario del conocimiento de su docente. Freire propugna una pedagogía que entiende el diálogo como metodología y actitud que reconoce al estudiante como sujeto que tiene una experiencia, saber y contexto que debe constituirse como lugar de partida y fuente de aprendizaje.

El diálogo es encuentro entre personas, de sus conciencias, experiencias, pensamientos y sentires que se vinculan y contextualizan, problematizan, deconstruyen, reconstruyen, contrastan con diversos referentes para conocer, aprender, comprender y transformar el mundo. El diálogo, desde la pedagogía de Freire, es constructor de ciudadanía, de sentido de vida y compromiso para la realización personal, comunitaria y la búsqueda del bien común.

Pero el diálogo verdadero en una educación que transforma solo puede surgir del amor. Freire afirma que sin un profundo amor al mundo y a las personas, el diálogo capaz de transformar personas y con ellas, al mundo, no puede existir. El educador o la educadora que ama reconoce la humanidad de sus estudiantes, confía en ellos y ellas, en sus capacidades, escucha y acompaña con respeto, empatía y esperanza. Y esa relación dialógica humaniza y posibilita el encuentro con el otro y otra para reconocerse y comprometerse en la construcción compartida de un mundo mejor. El amor a las personas y al mundo es un amor comprometido con la vida, un amor que lucha, que se activa y moviliza, es la fuerza que humaniza el proceso educativo.

El diálogo, sustentado en el amor, constituye un principio, una actitud y metodología que necesitamos potenciar hoy en las instituciones educativas. La soledad de los adolescentes y jóvenes, los estados de depresión que viven, la falta de sentido de vida y el déficit de compromiso político por una vida colectiva mejor deben interpelar los sistemas educativos empeñados en mantener una educación transmisiva, escasa de verdadero diálogo y amor transformativos.

sábado, 1 de noviembre de 2025

El acoso escolar: más allá de protocolos

Sandra Peña, de 14 años, fue víctima de bullying. Se suicidó hace días atrás, al salir de su escuela. A partir de este fatídico hecho, miles de estudiantes han recorrido calles de diversas ciudades de España en rechazo al acoso escolar, levantando pancartas en recuerdo de Sandra y exigiendo medidas que detengan este flagelo.

Las cifras por acoso escolar de adolescentes en España son preocupantes, según un estudio realizado en 2023 por la Fundación Colacao y la Universidad Complutense de Madrid, el 6,2% de estudiantes entre 4º de Primaria y 4º de Secundaria (casi 220.000) manifiesta sufrir acoso escolar y el 20,4% de las víctimas de acoso (más de 44.000) declara haber intentado quitarse la vida. El panorama mundial también es desalentador: la UNESCO, en su informe “Un entorno seguro para aprender y prosperar: acabar con la violencia en y a través de la educación”, alerta que uno de cada tres escolares declara haber sufrido acoso escolar.

Los reclamos ante muchos de estos casos apuntan especialmente a la no activación de protocolos y a la inacción por parte de las autoridades. Sin embargo, reconociendo la importancia capital de que existan protocolos para tratar el acoso escolar, de que estos se activen y funcionen adecuadamente, es necesario tener una mirada holística del problema. ¿Qué significa esto?

Se trata, entre otras cosas, de poner el foco en una auténtica educación integral: una educación que asuma, de una vez por todas, que los chicos y chicas no solo deben desarrollar sus capacidades cognitivas, sino también su afectividad, espiritualidad, actitudes y valores, sus relaciones sociales, su conciencia ciudadana en clave de equidad, justicia, paz y respeto a la diversidad.

Aprender habilidades emocionales, espirituales y sociales para la convivencia y ciudadanía son aprendizajes centrales en una escuela que quiere formar para la vida; no como técnicas que se aplican mecánicamente o que se aprenden en teoría, sino como forma de vida, como esencia integrada al ser de la persona, que le permite ubicarse de un modo más humano ante la vida, la relación con los otros(as) y el entorno.

Esta no es una tarea solo de las instituciones educativas, lo es también de la familia y de la sociedad en general, porque ¿cómo podemos pedir o exigir a nuestros hijos e hijas, a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, comportamientos que los adultos no somos capaces de demostrar? Solo basta ver los discursos de odio en las redes sociales, el antidiálogo entre políticos, la publicidad cómplice del sexismo, entre otros no pocos ejemplos, que dan cuenta de la total hipocresía de una sociedad que espera respeto por parte de la juventud, en medio de una cultura que exalta precisamente lo contrario.

Como hemos visto con Sandra Peña, y con muchos otros casos, el acoso escolar es factor que puede conducir al suicidio. No es algo simple, no se le puede seguir quitando importancia a través de expresiones como “son juegos” o  “son bromas pesadas, nada más”. No podemos seguir asumiendo que las víctimas deben "aprender a ser fuertes", por lo que no deben hacer caso a los diversos maltratos psicológicos, físicos o verbales que reciben, porque mientras lo viven transcurre tiempo, hasta que el dolor o sufrimiento se hace insoportable.

Necesitamos poner la mirada en quienes maltratan: ¿Qué está generando esas actitudes? Poner la mirada en aquellos(as) que observan los hechos de maltrato y no se movilizan: ¿Qué está ocurriendo con estas personas? Poner la mirada no simplemente para señalar, sino para educar, porque ellos y ellas también deben aprender.

Esto implica mayores esfuerzos en la formación, tanto de familias, como del profesorado y de la ciudadanía en general. Implica una apuesta por crear en las instituciones escolares verdaderas condiciones para un clima de convivencia escolar, donde, entre otras cosas, los docentes puedan concentrarse en la atención a sus estudiantes, más que en los eternos papeleos que muchas veces les consumen.

Apostemos por los protocolos, pero también por todas las otras políticas y acciones, que saquen de las aulas e instituciones educativas los tentáculos de un mal con diferentes rostros al que, lamentablemente, se le ha abierto la puerta en diversos espacios sociales.

jueves, 23 de octubre de 2025

Movilizar la conciencia

Multitudinarias movilizaciones sociales se han producido en diversos lugares del mundo durante estos últimos meses, muchas de ellas realizadas prácticamente al mismo tiempo. Si imagináramos un mapa mundial de estas protestas podríamos intuir un verdadero mosaico. 

En España, Italia, Francia, Reino Unido… entre otros muchos países, un ingente de población ha salido a las calles para protestar contra el genocidio en Gaza; también Estados Unidos ha sido escenario de un aluvión de protestas promovidas por el llamado “No Kings” contra el autoritarismo del presidente Trump. 

En América Latina, hemos seguido en Ecuador, el paro por la eliminación del subsidio a los combustibles, entre otras demandas, con movilizaciones de comunidades indígenas que han sido fuertemente reprimidas por la policía; en Perú también se realizó un paro promovido por comunidades indígenas, campesinas y transportistas que precedió a la salida de la presidenta de ese país; así mismo, en Paraguay ( al igual que en Indonesia y otros lugares del mundo), los jóvenes de la llamada generación “Z” salieron a las calles en protesta contra el gobierno por temas de corrupción, entre otros. Estos son solo unos pocos ejemplos de esa avalancha de movilizaciones que han cruzado el mundo.

¿Qué están mostrando estos hechos? Las movilizaciones, aunque se realizan por razones diversas y en contextos diferentes, son reflejo de un estado de indignación presente, palpable y explosivo, dada las situaciones de violencia, precariedad, violación de derechos humanos, autoritarismos, corrupción… presentes en gran parte del mundo. Estamos muy lejos de lograr, y más de sostener, el bienestar común, el respeto a los derechos humanos y de la naturaleza para una convivencia en paz, esto es el caldo de cultivo principal generador de múltiples conflictos. 

La gente se moviliza porque está indignada, allí se pone de manifiesto la “sana rabia” ante tanto desmán de líderes y gobernantes, poderes políticos y económicos; es producto del acto y actitud de concienciar, de reconocer la injusticia y aquello que la produce para interpelarse e interpelar y, en consecuencia, movilizarse y movilizar. 

Por otra parte, las movilizaciones, aunque constituyen un acto político, porque toda acción social lo es, buena parte de las personas que participan no lo hacen desde la adhesión partidista, sino de manera independiente, desde la convocatoria de asociaciones, organizaciones comunitarias, sindicales, estudiantiles o vecinales que se conectan creando redes con el apoyo de medios de comunicación alternativos. 

Existe un creciente cansancio ante la actuación de los partidos políticos, de sus debates tan encarnizados, como vacíos de sentido, la mayor parte de ellos divorciados de la vida de la ciudadanía; un cansancio y desesperación por la inacción de gobiernos, organismos e instituciones nacionales e internacionales que no apuntan a la resolución efectiva de las problemáticas que se viven. 

Ese cansancio es generador de movimiento, esto no es nuevo, las movilizaciones tienen trayectoria a lo largo del tiempo histórico, pero sus niveles van en aumento, tal como lo ha señalado el informe de la investigación promovida por la Fundación Fiedrich Ebert sobre protestas en el mundo. Es interesante percatarse de que esto puede contradecir la aseveración muy difundida sobre la falta de interés de las personas, y en particular de los jóvenes, por las causas sociales y por la política. Ponemos en duda tal desinterés, el hecho de que exista desconfianza en partidos e instituciones políticas, e incluso en la propia democracia, no se puede traducir como “desinterés político¨. La existencia de las movilizaciones es una señal de ello: importan los demás, importa el dolor producto de la injusticia, la falta de libertades o la desigualdad. 

Las movilizaciones sociales a lo largo de la historia dan cuenta del importante rol que tienen para visibilizar, denunciar, demandar e incidir en la consecución de cambios de políticas y actuaciones de los gobiernos e instancias de poder. Una vez más sigue siendo así, allí están presentes colectivos, comunidades, personas haciendo ejercicio de ciudadanía con sus pies puestos en sus territorios, pero en conexión, con una mirada que traspasa fronteras para incidir más allá de lo que podemos imaginar.

martes, 19 de mayo de 2015

San Vicente… donde acaba el asfalto.


Hace pocos días fue el operativo policial en San Vicente, un sector de la ciudad de Maracay, donde, no por casualidad, Fe y Alegría se ha hecho presente desde hace algunos años a través de sus escuelas y programas. La presencia en San Vicente es una expresión de esa convicción de que Fe Y Alegría debe estar “donde acaba el asfalto” como decía nuestro fundador el Padre Vélaz.

Diversas noticias leímos con asombro sobre los hechos ocurridos en la comunidad de San Vicente. Hoy seguimos escuchando con indignación voces de gente nuestra que nos cuenta: “Fueron alrededor de 2 mil efectivos de la guardia y las policías… imaginen ¡2 mil efectivos! Llegaron a las 3 de la mañana allanando todas las casas…”. La gente de la comunidad cuenta cómo les golpearon, maltrataron, derribaron puertas y se llevaron maridos, hijos, hermanos… además de celulares y dinero. Los muertos fueron más de 20, aunque la prensa sólo reseñó 3, los detenidos cerca de 800.

Caminamos sobre escombros. Lo ocurrido en San Vicente denota el nivel de deterioro que estamos viviendo en el país:

· A la vista de todos queda la incapacidad de los cuerpos de seguridad del estado de mantener la paz y seguridad en el día a día, ¿necesitan operativos eventuales de esta naturaleza para combatir la violencia, inseguridad, extorsión?, ¿Cuántas vidas cobraron, cuántos maltratos y violación de derechos realizados con la bandera de la paz? ¿Por qué no hacen el trabajo que la gente les pide a diario?

· Queda claro el nivel de corrupción que se ha anidado en esos mismos cuerpos de seguridad capaces de robar el poco dinero y pertenencias de gente humilde, efectivos capaces de golpear a inocentes para después “averiguar” quiénes son los responsables de delitos, ¿qué confianza puede haber sobre una institución cuyos personal actúa de esta manera, qué los diferencia de los delincuentes?

· Una vez más vemos el poder de mafias que se asumen como organizaciones que brindan “paz” a cambio de vacunas y extorsiones, una absoluta desviación de los medios para alcanzar fines; esa “paz” es absolutamente ficticia, hueca. Es asombroso ver cómo la gente se considera “más segura” en manos de esas mafias y sus pranes, muchos de ellos operando desde las cárceles. ¿Quién es el verdadero responsable de esto?

· Los terribles aplausos de gente que pide más muertes, que le parece bien que se asesine al culpable a través de métodos como el que vimos, denota una actitud anarca y vacía de valores. Una apreciación de fondo además, sumamente discriminatoria: “En los barrios están los delincuentes”. Se justifican ajusticiamientos, procedimientos que nada tienen que ver con la democracia, con el respeto al debido proceso y los derechos humanos. El policía que mata a un presunto delincuente se convierte en asesino, y sabemos que esto ocurre, y que muchas veces, se mata a inocentes porque su verdugo se “equivocó”. Esa violencia trae más violencia.

· Vemos cómo la verdad oficial es solo eso, “oficial”; con su contrapartida, la verdad en muchos medios privados, es también “privada” de diversas miradas. A los venezolanos nos sigue tocando la tarea de buscar la verdad en la calle, en los diversos lugares donde haya un informante, volvernos escucha de la palabra de quien no tendrá voz para los medios encarcelados por los intereses de sus dueños, privados u oficiales.

No queremos mafias, tampoco policías corruptos, y mucho menos a unos apoyados por otros. Queremos que se construya la paz con un estado y policías que contribuyan con honestidad a hacer posible una vida digna. La construcción de paz es responsabilidad de todos, porque cada uno, desde donde está, tiene un papel que cumplir orientado por valores humanos firmes; pero es una responsabilidad irrenunciable del Estado, cuyos errores cometidos costará el futuro de todos, si instaura la violencia en la calle como mecanismo para alcanzar paz o, si simplemente, se queda de brazos cruzados mientras nos matan o extorsionan.

En medio de todo esto la esperanza vuela, aquí se hizo presente, una vez más, en lo sencillo: “…No había transporte público y ninguna escuela abrió sus puerta, sólo los de Fe y Alegría estaban allí, con el personal completico y 30 niños de distintos grados”.

miércoles, 15 de abril de 2015

Eduardo Galeano en las venas de América Latina


Se nos fue Eduardo Galeano. Generaciones completas “descubrimos” América de la mano de su pensamiento crítico. Recuerdo que cuando leí uno de sus más famosos libros “Las venas Abiertas de América Latina” no fue la exactitud en el uso de los conceptos de las ciencias  económicas y sociales lo que percibí en aquella aproximación a su modo de entender la historia de este continente. Lo que quedó sembrado en la experiencia de encuentro con sus letras fue el  amor profundo por los pueblos originarios y por la Patria Grande presa de las colonizaciones que intervinieron este suelo a lo largo de los siglos. No volvimos a pensar igual  después de ideas que removieron nuestros pies para ubicarnos en otro ángulo de análisis de la realidad en una época de gran efervescencia revolucionaria.

El deseo de recuperación de la historia no oficial estaba allí plasmado, en palabras inyectadas de pasión, como ha sido su discurso incendiario de conciencias. Galeano nos enseñó algo más profundo y dramático que un concepto, enseñó  la riqueza de una sensibilidad volcada a la comprensión del otro distinto, de lo que somos y vivimos en este continente. Con él abrimos las páginas de las  historias de los vencidos para entender el terror y el heroísmo, la muerte y la vida, la esclavitud y la libertad desde los ojos de Moctezuma en México en plena conquista, o de Túpac Amaru en Perú en su resistencia al poder colonial o  del uruguayo Artigas en la lucha contra grandes terratenientes y comerciantes. ¿Ideologización en lugar de historiografía?¿Literatura en lugar de conocimiento científico? Son juicios que poco importan ahora. Importa que aportó en la comprensión de lo que somos. ¿Acaso hay alguna interpretación que escape de la ideología? ¿Acaso la literatura no es un modo de resucitar, de inyectar vida en la aproximación a los hechos? ¿Acaso hay alguna historia con verdades absolutas?

Galeano nos reveló a los “nadie”: “los hijos de nadie, los dueños de nada/ los ninguno, los ninguneados… que no son, aunque sean/ que no  hablan idiomas, sino dialectos/ que no hacen arte, sino artesanía/ que no practican cultura, sino folklore…”. Esos “nadie”  mutilados una y otra vez en este mundo patas arriba que los poderes  constituidos de fuera (y de dentro) han creado. Galeano nos ayudó a comprender más allá de las fronteras propias las razones de la explotación, a develar matrices de colonialismo escondidas en la cultura. Galeano enseñó el sentido de la utopía desde un realismo infinito, sus palabras andantes ayudaron a mantenernos en camino del lado de la esperanza de otro mundo posible. Galeano enseñó coraje para revelarse, para pronunciar con fuerza la palabra propia. Alentó la rebeldía en la historia de la izquierda latinoamericana que se la jugó entre dictaduras; otra cosa es que, parte de esa izquierda, en el presente, no le haga honor a sus luchas.


Mucha tela se ha cortado desde la influencia del pensamiento de Galeano, otros análisis se han planteado para explicar los mismos hechos; pero la situación de sujeción de América Latina de fondo  permanece. No somos territorio liberado, las democracias tienen un largo trecho que recorrer para forjar justicia y equidad, tienen un gran alerta para no perder la libertad que tanto costó conquistar, continuamos ninguneando gente, culturas, géneros, ideales. Por ello seguirá vigente el enfoque de reflexión crítica sobre lo que vivimos, continuará con sentido el punto de vista que intenta encontrar la voz del indignado. Por eso Galeano seguirá vivo, aunque la utopia llore su partida física, estará en sus memorias del fuego, permanecerá en las venas abiertas de América Latina. 

lunes, 6 de abril de 2015

AÑORANZA DE FUTURO


El sentimiento de  añoranza se apodera de muchos venezolanos ante la crisis cada vez más virulenta que vivimos. No es para menos, pues pasar horas en largas colas para conseguir un producto regulado, no encontrar repuestos para los autos, vivir fuertes enfrentamientos y descalificaciones por la posición política, entre otras muchas cosas que experimentamos en el día a día, conduce a una profunda nostalgia al recordar cómo era Venezuela. No sin razón se añora anaqueles llenos, medicinas en las farmacias o la posibilidad de estar en la calle sin temor.

La añoranza  con su mezcla de recuerdo y tristeza está, y vale el derecho a sentirla, especialmente porque el  sentimiento impulsa a ver aquello que ayudó a vivir mejor y que hoy constatamos en retroceso o ausente. Pero la añoranza como expresión de ensalzamiento del pasado constituye un freno para la construcción de la Venezuela distinta que necesitamos todos (as); puede ser dañina si la asumimos como sentimiento y actitud que rige nuestra posición ante la crisis, si de fondo vemos al pasado con ojos acríticos, como una especie de edén idílico que fue, desterrando de la memoria los signos de crisis que ya padecían sectores de la población venezolana en los años anteriores al chavismo.

Porque una cosa es querer ver lo bueno aprendiendo del pasado para mejorar, y otra es considerar que todo fue bueno (con su contrapartida: todo es malo en el presente). Afirmar que en el pasado todos los venezolanos (as) éramos hermanos, no había diferencias, se respetaba al que pensara políticamente distinto, vivíamos en unión y en riqueza… es una clara expresión de una especie de pérdida de memoria; si eso hubiese sido así, en el 89 el caracazo jamás hubiese existido, o la intentona de golpe o rebelión militar del 4 de febrero del 92 no hubiese dado lugar, más tarde, al voto masivo de venezolanos(as) a favor de Hugo Rafael Chávez Frías porque vieron en él una esperanza para Venezuela. Es verdad, habían anaqueles llenos, y podías comprar la marca que quisieras, las cantidades que quisieras… pero eso lo podían hacer quienes tenían posibilidades en un país, en el que, entre otras  cosas, el consumismo de unos era increíblemente grosero; se nos olvida que las mayorías pobres estaban invisibles para los ojos de muchos; que los hospitales estaban en crisis o los militantes de izquierda también sufrieron persecución política. No era una Venezuela de hermanos, como tampoco lo es ahora, porque en el fondo los grandes problemas de ayer siguen estando ahí en estado crónico, empeorando.


Querer al pasado de vuelta es perderse entre las inequidades que ya existían, en una idealización producto de un presente crítico. Por ello, la añoranza en Venezuela debería volar más alto, debería colocar su rostro al futuro, alimentarse de la justicia, equidad, fraternidad, libertad, bienestar que no hubo en el pasado y que ahora tampoco tenemos. Alimentarse también de las lecciones del pasado y del presente, de políticas, acciones, ideas de impacto positivo para construir otra Venezuela. Necesitamos reinventar nuevas rutas, modelos, estrategias, ilusiones que nos permitan seguir apostando por una vida de bienestar para todos. Necesitamos la añoranza de lo que aún no hemos tenido.